Una mujer con un niño en brazos se une a la caravana de migrantes en
San Pedro Sula, Honduras.
Durante la pandemia, Estados Unidos y México endurecieron las medidas para frenar el ingreso de migrantes. El Gobierno de Donald Trump, por ejemplo, suspendió hasta finales de mayo las visas de residencia permanente que le daban a los migrantes legales, ha expulsado a cerca de 10.000 inmigrantes y los que están retenidos en los centros de detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE. UU. (ICE, por sus siglas en inglés) están en especial riesgo de contagiarse con el virus.
Son escenas que impactan, sobre todo en un mundo en pandemia: una caravana de unos 9.000 hondureños marcha hacia Guatemala en dirección a Estados Unidos. Cerca de 6.000 de ellos logra cruzar el punto fronterizo de El Florido, en Camotán, Guatemala, y allí son frenados a golpes de palos y con gas lacrimógeno por efectivos del ejército guatemalteco. Entre los migrantes hay mujeres y niños.
Si en realidad el Gobierno de Honduras ofreciera oportunidades de empleo, seguridad social, una pandemia bien manejada, no tendrían por qué salir compatriotas fuera de nuestras fronteras, a recibir golpes, maltratos, desesperanza, discriminación.
Vivimos en una decadencia, donde se han perdido los valores, la empatía, el pueblo no quiere seguir muriendo ni ver morir a sus familiares.
La pandemia en Honduras actualmente es un caos, mala administración de vacunas, incredulidad del pueblo, personas muriendo todos los días, la única forma es huir del país para tratar de tener un mejor futuro.
Gilberth Gradiz



